A la mortandad, mucho huído

El hombre famoso tiene la amargura de llevar el pecho frío y traspasado por linternas sordas que dirigen sobre él los otros. 
(Ése poeta menor  segundo apellidado, Lorca)

Sin aire,
ni los ruidos llegan.

Miré a  los ángeles  
(previo al tratado de Onís)
mientras la familia Adam
convertía en napalm a los Vientanes
-porque hubo muchos-
y vi algo distinto.

Pero vi todos los tratados,
mercuriales y desnudos, 
pero vi el destino
y tuve que naufragar.

Tanto que al principio
me encontré en el fin
hasta que nada había
con qué llenar las tumbas

a base de latidos
me volví a desenterrar.

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