De marcos y bambúes

Un salmón-lagarto se nutre de espesura
entre lamentos de líquenes y tumbas.

Condenada al sol del sur
-secuestrada del gris astur cantábrico-
yaces en la herrumbre de la fosa.

Cleopatra "almante" sutil de tímidos Antonios
-que no sirvieron de Marco a tus pinturas-
me bordas en la base de los párpados un gato alfiletero,
o construyes pirámides de cartón
jaspeadas con mi nombre.

No le pondré un telón innecesario a tu silencio
ni dejaré de preguntarme
quién habrá heredado mis agujas de bambú
o el collar de ébano que te traje desde Kenia
-y que me hiciste dejar, en sobre sepia,
al portero de una casa comunal y con piscina-

Para mí, del verbo amistad, indah es su participio

Comentarios

  1. La felicité el día 14 con esto, que siempre sera suyo y ahora es del mundo:

    Besos Carz
    ---

    Hoy, 14 de enero, era su cumpleaños.
    Por eso pongo uno de sus relatos, siempre tan emotivos, siempre tan acertados.
    Felicidades guajina, allá donde estés.

    Mar
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    «Ayer no existió el mar»


    Sólo me queda por cruzar este bosque de velas encendidas; sé que si
    atravieso sin perder el Norte, si no se desvanece mi sombra en ese
    contraluz, estaré a salvo. A salvo del dolor de la palabra escrita. Son
    ausencias. Cada palabra dicha sin ti es una ausencia. No es siempre, no,
    pero tiemblo cuando sin previo aviso muda su rostro el mar y el Poniente
    le pone a las olas un largo hilván de tristeza. Tiemblo cuando, como si
    fuera ciega, por sentirte, por saberte, palpo. Sin espejo para encontrarte,
    me queda la orfandad de este poema y quizá el instinto para soñar. Me queda
    el rumor de la mar, el horizonte -tan indeciso a veces- y aquellos viejos
    muros.
    Junto al agua, prematura de harapos nací. Rojas mareas de sangre roja me
    bañan las cuencas, y allí, donde aún no terminan de ver mis ojos, la noche
    se llena de cadalsos. La oscuridad es un rito y se duermen sobre mi almohada
    tus sueños porque

    «Ayer no existió el mar»

    Y tú, que un día irrumpiste en mi recién estrenada adolescencia, te has
    eternizado en mí como una muerte lenta que no huye: me habita y rebusca
    entre los pliegues de mi memoria y de mi piel cada sí que no he pronunciado.
    Hablo por no oírla. Hablo a este trozo de papel que como la tierral al
    cadáver me recibe y entierra mis palabras. Alguien debería llorar porque

    «Ayer no existió el mar.
    Desolados, los hombres
    miraban sin consuelo las ventanas.» (*)

    y todos huían hacia el exterminio: hacia la noche oscura y abisal, celosa,
    cargada de silencios, repleta de acertijos, fría y transparente como el
    cristal que me persigue. No podrá alcanzarme porque no soy yo quien se
    detiene. Es mi infancia la que se para, y recuerda paisajes de invierno.
    Nada se puede contra la infancia ya vivida, ni contra esta necesidad de
    alargarme hasta acabar en ti.

    Alguien debería llorar.

    ©Indah

    (*) M.F.

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